Capitulo 1
La última fiesta de Ellorim
Para ser una mañana de invierno, el viento del sur había vencido a las espesas nubes y el sol calentaba las calles de Ellorim, los ciudadanos habían aprovechado el inusual clima para salir de sus ahumadas casas y respirar aire limpio. Extrañaban el cálido abrigo de una soleada mañana. No importaba que rondaran rumores de guerra en la frontera, ni que las calles estuvieran llenas de charcos y lodo formado por la nieve derretida, hombres, mujeres, ancianos y niños disfrutaban de la calida mañana.
La pequeña ciudad de Ellorim era conocida como La Feria del norte y el sobrenombre le hacía honor, Ellorim se vanagloriaba de servir a la diosa Lor y a todos sus hijos, a quien deleitaban con una casi perpetua feria. La ciudad y sus festividades nunca llegaron a florecer debido a los casi intransitables caminos que la comunicaban con el resto del mundo. Rara vez llegaban extranjeros. Las caravanas solamente visitaban Ellorim, acompañando a los carretones que llegaban a recoger el hierro de las minas, cada cuatro ciclos lunares en primavera, verano y otoño, y cada ocho ciclos lunares en invierno.
Justamente el día anterior las festividades a Ilviren habían llegado a su fin, dos semanas de júbilo en honor al viento del sur. Un día tan hermoso no podía pasar por alto a los ciudadanos, se les había concedido sentir el cálido roce del sol. El viento del sur Ilivern les daba la señal de que el resto del invierno seria menos hostil.
En la plaza principal, frente a la Catedral en honor a Lor, muchos improvisados negocios habían sido levantados en cuestión de segundos, ofreciendo una variedad de dulces, bocadillos, estatuillas, flores, molinetes de colores, muñecas de tela, cientos de curiosidades abarrotaban las mantas en el suelo y las mesas de los mercaderes. Pareciera como si se hubiese trasladado el mercado de la ciudad a las faldas de la catedral. Habían construido una tarima de madera donde grupos de actores representaban comedias en honor a Lor e Ilviren, a quienes atribuían tan grandioso regalo. Los enjambres de niños y niñas jugaban por todos lados acentuaban aun más la alegría de la jubilosa ciudad. Aun soplaba un ligero viento helado pero el sol alejaba los días oscuros que le habían precedido, hacia semanas que el cielo permanecía gris y el horizonte muerto. La feria de Ilviren se quedaría por un día más.
- ¡Que celebren su propia muerte!- Las palabras se perdieron entre los gritos de fiesta.
Desde una de las torres mas altas de la mansión del Archimago, Sleim observaba los diminutos puntos multicolores disfrutando del estupendo clima y las alegrías de la feria, mientras él debía permanecer en la húmeda habitación de piedra, a menos que descubriera un hechizo para desintegrar el viscoso liquido verde de las ollas y dejarlas relucientes. Echo una última mirada a la lejana plaza, deseaba tanto poder unirse a la última celebración de su ciudad natal. No le importaba que estuvieran celebrando esta vez, podría haber estado disfrutando del estupendo clima, además ella podría estar ahí. De regreso en su desagradable tarea, Sleim se introdujo en una de las gigantescas ollas de hierro, con un sepillo en mano, en el la otra un balde de un potente jabón que ingeniosamente había preparado. Mientras restregaba las viscosas paredes de una olla, empezó a repasar mentalmente las tareas que su maestro le había asignado. Debía cumplirlas con precisión si pretendía que sus propios planes salieran a la perfección.
- Nada puede salir mal.- Se dijo a si mismo confiado de sus meticulosos planes. Un mal habito adquirido de su maestro Larill, ambos padecían de cierto grado de soberbia que a menudo les causaban tantos tropiezos.
Alejo su mente de este plano, seguro de sí mismo, empezó a pensar en ella. En sus profundos ojos cafés, en su dulce sonrisa, en su aroma. Ella era la única razón por la que no había abandonado al viejo Larill. Cada vez que le acompañaba a la mansión Barón Rottier, podía verla y verla lo hacía soñar.
Siempre había esperado a que uno de sus sueños se hiciera realidad y pudiera descubrir si los sentimientos que sentía por ella eran verdaderos o solo un impulso. Debía saberlo, nunca había sentido algo tan fuerte por una mujer, una mujer a que apenas podía acercarse. Era algo ilógico, que por más que intentaba no lograba comprender. Ahora más que alcanzar sus sueños, solamente deseaba salvarla, no importaba si ella llegara a odiarlo. Algo en su interior le dictaba las órdenes y por más que intentara sacarla de su mente, no podía hacer nada para evitar pensar el ella. Su única opción era salvarla, ceder a sus impulsos.