Hoy a la ciudad ha llegado un bardo, aunque no mostraba la alegría o el entusiasmo que suelen acompañar a su oficio. Caminó directamente hasta la taberna, arrastrando los pies hasta la barra, y pidió un tarro de vino al posadero. Sus canciones eran lamentos de un corazón herido, un corazón muy lastimado. Hablaba de una ninfa que había cautivado su alma, una criatura hermosa y peligrosa, capaz de robar el amor más profundo.
No recuerdo la última estrofa, pero sí algunas partes: “De piel más hermosa que la rosa, más que el laurel, más que el girasol… tan bella como ella ninguna flor. Porque amarla, buscarla, desearla me hace tanto mal, porque me hace soñar…”
Cada palabra y cada melodía eran bellas, pero bajo la superficie escondían un dolor profundo, un tormento que solo un corazón quebrantado podría cantar así.
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