Entreri volvió a sacar el rubí y dejó que su magia captara la luz de las estrellas. Vio cómo giraba y estudió aquel torbellino de destellos, pues pretendía conocerlo bien antes de finalizar el viaje.
El bajá Pook estaría encantado de recuperarlo. ¡Le había proporcionado tanto poder! Ahora Entreri era consciente de que le había dado más poder aun de lo que los demás suponían. Gracias al rubí, Pook había convertido a sus enemigos en amigos y a sus amigos en esclavos.
—¿A mí también? —musitó Entreri, hechizado por las diminutas estrellas que brillaban en el resplandor rojizo de la gema—. ¿He sido yo también una víctima? ¿O lo seré pronto? —Jamás hubiera creído que él, Artemis Entreri, pudiera caer en un hechizo mágico, pero la insistencia del rubí era innegable.
Entreri se rió. El timonel, la única persona aparte de él que había en cubierta, le dirigió una mirada curiosa, pero no le hizo más caso.
—No —susurró Entreri al rubí—. No volverás a poseerme. Conozco tus trucos y pronto los conoceré mucho mejor. ¡Recorreré los senderos de tu tentador hechizo y encontraré el modo de salirme de nuevo de él! —Con otra carcajada, se puso al cuello la cadena de oro que sostenía el rubí, y ocultó la gema bajo su justillo de piel. Luego, rebuscó en su bolsillo, agarró la figurita de la pantera, y desvió la vista hacia el norte.
—¿Me estás viendo, Drizzt Do'Urden? —preguntó a la noche.