Todo estaba completamente oscuro. Me tomé unos segundos para restregarme los ojos y despertarme por completo, salir del sueño que me atormentaba. No pasarían de las tres de la madrugada, y aun podía escuchar el dulce canto de las lechuzas acompañado por el coro de grillos. Había tenido otro sueño con ella, otro en el que terminábamos abrazados; sentía su calor, su respiración. Más que sueños, eran pesadillas, me causaban tanto dolor que me hacían arrodillarme ante los límites de mi cordura. ¿Cómo podría continuar con mi misión si su recuerdo me sumergía en una asfixiante melancolía?
Acomodé mis almohadas y me recosté contra la pared, tomé un cigarrillo y el encendedor de mi mesa de noche; el humo y la nicotina me ayudarían a aclarar la mente. Debía estar totalmente lúcido por la mañana si pretendía interrogar a algunas personas en el distrito industrial. Sin embargo, ninguno de los seis cigarrillos consecutivos logró sacarme de mi estupor.
Si los sueños son un reflejo de nuestros más profundos y sinceros deseos, ¿por qué continúo inmóvil ante tu presencia, ante tu existencia? Si visitas mi inconsciente con tanta frecuencia, es porque mi consciente te tiene prohibida la entrada; sabe que dejarías cicatrices de dolor, ese dolor etéreo que realmente hiere, y que no puede mitigarse con unos gramos comprimidos. ¿Por qué sigo sin hacer nada, esperando como siempre a que mi viejo amigo el olvido haga el sucio trabajo? Esta vez ha tardado demasiado. Quizá sea porque no quiero enterrarte; tal vez solo quiero sostenerte en un abrazo interminable, besarte hasta que el tiempo nos reste importancia y perdernos en lo eterno. Quizá… la próxima vez que te vea, todo sea diferente.
Cerré con cuidado la puerta de mis cavilaciones y decidí alistarme para otro día de trabajo. Lo único que me motivaba a seguir con esta complicada investigación era la posibilidad de usar mi arma; con un poco de suerte, tendría que matar a un par de desafortunados sujetos…
No hay comentarios:
Publicar un comentario