jueves, 15 de octubre de 2009

El clérigo de Tiamat

El canto de Gloria resonaba dulcemente en las paredes y el techo abovedado de la inmensa catedral de Saint Tiamat.

—Domine Deus, Rex caelestis, Deus Pater omnipotens. Domine Fili unigenite, Jesu Christe, Domine Deus, Agnus Dei, Filius Patris, Qui tollis peccata mundi, miserere nobis.—

Sin embargo, mi mente estaba en otro lugar. No podía dejar de pensar en su rostro lleno de dolor, en la carne de su espalda desgarrada colgando a jirones, en sus alaridos y en los vómitos de bilis que lo consumían, en sus ojos desorbitados y sus plegarias. Pobre hombre… no entiendo qué hacía en las mazmorras del monasterio, no entiendo nada. Tanto dolor, tanto sufrimiento. Mi Dios no puede tolerar esto; no hay excusas para la tortura. No se puede servir a Dios y causar dolor al mismo tiempo.

Pero no debo dejar que sospechen de mí. Debo controlarme, contener la presión que oprime mi pecho. Solo cinco años más… cinco años para absorber todo el conocimiento posible y convertirme en un elementalista. Alcanzar el poder supremo para servir a Dios y castigar a los herejes que siguen las enseñanzas sagradas desde las sombras. Debo destruir a esos falsos servidores. Me convertiré en la mano castigadora de Dios, en su ángel de la muerte. Daré caza a todo infiel con la fuerza de los elementos, con la fuerza de Dios. Será un golpe rápido, casi sin dolor, una muerte digna.

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