martes, 3 de noviembre de 2009

Juntos por siempre

Juntos por siempre


Los amantes corrían con toda la fuerza de sus cuerpos y corazones. Sabían que huir era la única manera de permanecer juntos, pues ninguno de los dos podría sobrevivir sin el otro. Escapar juntos o morir juntos: ese era su destino. Su amor, prohibido y repudiado por la sociedad, rompía las reglas sagradas del monasterio de Lir. Ningún hombre podía hablar con las vírgenes, y ninguna de ellas podía enamorarse de un mortal. Estaban destinadas a servir a Lir: a orarle, adorarle, instruir a las nuevas monjas, mantener las catedrales y los claustros, atender a los patriarcas y sus monaguillos y, sobre todo, vivir con la incertidumbre de si serían elegidas para el tributo anual. Dicho tributo consistía en ser sacrificada en el altar por la mano del sumo sacerdote Kain, en agradecimiento por todos los dones entregados a la humanidad.

Las ramas bajas arañaban sus rostros y manos, pero no podían permitirse aminorar la marcha. Dos pelotones los seguían de cerca, armados con lanzas, espadas largas y cotas de malla ligeras pero resistentes; los gritos de los perseguidores se mezclaban con el rumor del bosque. El terreno era traicionero: más de una vez habían topado con murallas de robles que los obligaban a retroceder. Las piernas de Madelin apenas resistían la frenética carrera entre la oscuridad de la noche; su vestido, convertido en harapo, estaba rasgado y manchado de lodo y sangre. Jerome sentía cómo su amada desfallecía a cada zancada y debía prestarle parte de su fuerza para que no cayera. La herida en el costado de Madelin volvía a sangrar con violencia, pero ninguno de los dos se permitía perder la esperanza.

Finalmente, la joven cayó rendida. Apenas podía mantenerse en pie. Miró a Jerome con ternura, y él tomó sus manos, llevándolas a sus labios. La levantó en brazos y continuó la frenética huida, pero pronto comprendió que escapar ya no bastaría: ella necesitaba atención inmediata y, con los perseguidores tan cerca, no habría salvación. Buscó un lugar donde defenderse y ganar tiempo. Encontró un claro largo y estrecho; a los lados y al fondo, los árboles formaban un muro impenetrable, dejando solo un paso suficiente para que pasaran dos o tres soldados a la vez.

Jerome colocó a Madelin entre las hojas secas bajo un enorme roble y le dedicó dulces palabras. Ella, pálida y débil, apenas podía pronunciar sonidos; murmuraba recuerdos de sus encuentros secretos en los jardines del convento. Ambos lloraron, abrazados, conscientes de que serían los últimos segundos que compartirían en el mundo de los mortales. Jerome la besó con ternura y sintió cómo Madelin exhalaba su último aliento, entregando su fuerza al silencio del bosque. Con los ojos nublados por lágrimas, levantó la mirada al cielo y dejó escapar un grito desgarrador, luego reposó suavemente su cabeza contra el roble, se incorporó, dio media vuelta y desenvainó su espada.

Las tropas de Kain no tardaron en llegar. Ante el cuerpo sin vida de Madelin, la fiera que dormía en Jerome despertó. El primer soldado que llegó corrió hacia él, cegado por la recompensa que esperaba a quien capturara a los fugitivos. Si hubiera visto la desfigurada mueca de odio y dolor en el rostro de Jerome, lo habría pensado dos veces. Saltó con un golpe vertical, pero Jerome, maestro en el combate cuerpo a cuerpo, esquivó y, con un solo tajo, abrió el vientre del atacante, quien cayó de rodillas sosteniendo sus vísceras con las manos. Tres soldados más se acercaron, rodeándolo con cautela, pero Jerome esperó hasta el último momento. Cuando saltaron sobre él, rodó hacia un lado y emergió tras uno de ellos; antes de que reaccionara, su espada se hundió por  la espalda y reapareció por el pecho del soldado. Con una patada lanzó el cuerpo inerte, derribando a otro y desbalanceando al último, a quien degolló en el acto. El último intentó incorporarse, pero la noche lo reclamó sin piedad.

Pronto llegaron más soldados, pero Jerome los recibía con el frío filo de su espada, abatía a uno tras otro. Rodeado por más de cinco enemigos que lo atacaban desde todos los ángulos, sus reflejos menguaban con cada nuevo golpe; los choques de metal le dolían el brazo y su espada perdía filo. El claro estaba cubierto de sangre y cuerpos; solo quedaban tres hombres en pie. Uno ordenó recoger los cuerpos de Jerome y Madelin. La joven debía ser cremada en la pira sagrada que ardía eternamente para Lir, y Jerome sería colgado en la plaza como escarmiento para cualquier joven que osara soñar con secuestrar a una virgen del monasterio.

Síndrome del corazón fantasma


Todo estaba completamente oscuro. Me tomé unos segundos para restregarme los ojos y despertarme por completo, salir del sueño que me atormentaba. No pasarían de las tres de la madrugada, y aun podía escuchar el dulce canto de las lechuzas acompañado por el coro de grillos. Había tenido otro sueño con ella, otro en el que terminábamos abrazados; sentía su calor, su respiración. Más que sueños, eran pesadillas, me causaban tanto dolor que me hacían arrodillarme ante los límites de mi cordura. ¿Cómo podría continuar con mi misión si su recuerdo me sumergía en una asfixiante melancolía?

Acomodé mis almohadas y me recosté contra la pared, tomé un cigarrillo y el encendedor de mi mesa de noche; el humo y la nicotina me ayudarían a aclarar la mente. Debía estar totalmente lúcido por la mañana si pretendía interrogar a algunas personas en el distrito industrial. Sin embargo, ninguno de los seis cigarrillos consecutivos logró sacarme de mi estupor.

Si los sueños son un reflejo de nuestros más profundos y sinceros deseos, ¿por qué continúo inmóvil ante tu presencia, ante tu existencia? Si visitas mi inconsciente con tanta frecuencia, es porque mi consciente te tiene prohibida la entrada; sabe que dejarías cicatrices de dolor, ese dolor etéreo que realmente hiere, y que no puede mitigarse con unos gramos comprimidos. ¿Por qué sigo sin hacer nada, esperando como siempre a que mi viejo amigo el olvido haga el sucio trabajo? Esta vez ha tardado demasiado. Quizá sea porque no quiero enterrarte; tal vez solo quiero sostenerte en un abrazo interminable, besarte hasta que el tiempo nos reste importancia y perdernos en lo eterno. Quizá… la próxima vez que te vea, todo sea diferente.

Cerré con cuidado la puerta de mis cavilaciones y decidí alistarme para otro día de trabajo. Lo único que me motivaba a seguir con esta complicada investigación era la posibilidad de usar mi arma; con un poco de suerte, tendría que matar a un par de desafortunados sujetos…

martes, 20 de octubre de 2009

Time- por Easy Star All-Stars


Esta es la letra de una de las mejores canciones que he escuchado, Time, original de Pink Floyd interpretada por Easy Star All-Stars. Es algo para escuchar o leer y reflexionar.


Time is the master
time can be a disaster...

Ticking away the moments that make up a dull day
You fritter and waste the hours in an offhand way.
Kicking around on a piece of ground in your home town
Waiting for someone or something to show you the way.


Tired of lying in the sunshine staying home to watch the rain.
You are young and life is long and there is time to kill today.
And then one day you find ten years have got behind you.
No one told you when to run, you missed the starting gun.


So you run and you run to catch up with the sun, but it's sinking
And Racing around to come up behind you again.
The sun is the same in a relative way, but you're older
Shorter of breath and one day closer to death.


Every year is getting shorter, never seem to find the time.
Plans that either come to naught or half a page of scribbled lines
Hanging on in quiet desperation is the English way
The time is gone the song is over, thought I'd something more to say


Home, home again
I like to be here when I can
When I come home cold and tired,
It's good to warm my bones beside the fire
Far away across the field
The tolling of the iron bell
Calls the faithful to their knees
To hear the softly spoken magic spells.

viernes, 16 de octubre de 2009

Relato 1

El extraño hombre encapotado descubrió un viejo trozo de papel olvidado en una esquina de la sucia y oscura habitación. Se agachó para recogerlo y lo inspeccionó: alguien había intentado destruirlo con fuego. Con mucho cuidado lo estiró para poder leerlo; podría ser una pista muy valiosa, quizá revelar la identidad del asesino de la princesa.

Al parecer, era una carta de amor dirigida a la princesa Nala:

“…son todas las cualidades y perfecciones que puedo ver en ti, la razón por la que eres para mí una mujer perfecta.

Al principio de la carta, tardíamente te declaré mi amor. Pero aún no puedo decidir si lo que ha reanimado mi alma es amor verdadero o un sentimiento embustero que se ha alojado en mi frío corazón y me hace sentir ese calor en el pecho cada vez que te veo. No lo sé con certeza, pero puedo asegurarte que cada vez que te veo paseando por los jardines del palacio, no puedo evitar caer bajo el hechizo de tu grácil figura envuelta en los pliegues de una fina tela, de tu oscuro, liso y sedoso cabello deslizándose por tu delicado cuello, de tu sonrisa que hace juego con tu cálida mirada.

Siempre me has intrigado. Desde el primer momento en que te vi, sentada junto a tu padre, el rey Materu, supe que jamás podría escapar del hechizo de tu belleza, un hechizo que con el tiempo entendí que era más una condena. Mis ojos, mis sueños y todos mis suspiros eran para ti, una mujer con la que jamás podría estar. De entre todas las mujeres del reino, tenía que enamorarme de ti, la princesa de Galdir.

Todo eso ya no importa. Estoy cerca de conocer el fin de mis días. Ahora debo estar combatiendo contra los malditos invasores, servidores del Kalluj. Como paladín de Galdir, es mi deber proteger al reino; es mi deber morir por el rey. Ese es mi destino. Mientras tanto, el tuyo es contraer matrimonio con algún príncipe o noble de algún reino extranjero.

Sé que estas palabras pueden no tener sentido; antes de que llegue la luna llena, es posible que mis hombres y yo estemos muertos. Pero moriremos llenos de orgullo y con satisfacción en nuestros corazones, sabiendo que protegimos a quienes amamos. Solo poseemos la fuerza necesaria para frenar al ejército de Kalluj el tiempo suficiente para que los aliados lleguen en nuestro relevo. Reconozco que no puedo concebir la idea de morir sin haberte declarado mi amor. Tú eres la inspiración más grande que he tenido en mi vida…”

—Así que el paladín Gerald estaba enamorado de la princesa. Verla en brazos de otro tras regresar de la guerra sería motivo suficiente para una locura. Los celos casi siempre conducen a la desdicha. —El hombre dobló la carta y la guardó en un bolsillo de su abrigo. Luego salió de la vieja y abandonada casa de campo de la familia Herrigal. Debía hacerle una visita al retirado paladín.

jueves, 15 de octubre de 2009

El clérigo de Tiamat

El canto de Gloria resonaba dulcemente en las paredes y el techo abovedado de la inmensa catedral de Saint Tiamat.

—Domine Deus, Rex caelestis, Deus Pater omnipotens. Domine Fili unigenite, Jesu Christe, Domine Deus, Agnus Dei, Filius Patris, Qui tollis peccata mundi, miserere nobis.—

Sin embargo, mi mente estaba en otro lugar. No podía dejar de pensar en su rostro lleno de dolor, en la carne de su espalda desgarrada colgando a jirones, en sus alaridos y en los vómitos de bilis que lo consumían, en sus ojos desorbitados y sus plegarias. Pobre hombre… no entiendo qué hacía en las mazmorras del monasterio, no entiendo nada. Tanto dolor, tanto sufrimiento. Mi Dios no puede tolerar esto; no hay excusas para la tortura. No se puede servir a Dios y causar dolor al mismo tiempo.

Pero no debo dejar que sospechen de mí. Debo controlarme, contener la presión que oprime mi pecho. Solo cinco años más… cinco años para absorber todo el conocimiento posible y convertirme en un elementalista. Alcanzar el poder supremo para servir a Dios y castigar a los herejes que siguen las enseñanzas sagradas desde las sombras. Debo destruir a esos falsos servidores. Me convertiré en la mano castigadora de Dios, en su ángel de la muerte. Daré caza a todo infiel con la fuerza de los elementos, con la fuerza de Dios. Será un golpe rápido, casi sin dolor, una muerte digna.

domingo, 11 de octubre de 2009

Citas de R. A. Salvatore, El Rey Orco.


Drizzt Do’Urden
“Una de las consecuencias de vivir una vida que se extiende a lo largo de siglos y no de décadas es la maldición ineludible de ver continuamente el mundo con los ojos de un historiador.”
“En cualquier análisis honesto, el cambio es la base del miedo, la idea de algo nuevo, de algún paradigma que no resulte familiar, es algo que supera nuestra experiencia tan completamente que ni siquiera podemos predecir adónde nos llevará.”
“Cuando un pueblo aterrorizado pone su fe en un individuo, las ramificaciones de la incompetencia, la temeridad o las fechorías se multiplican por mucho.”
“Un viaje lleno de tristeza es diez veces más largo.”
“En un mundo perfecto, ninguna sociedad aspirará al predominio, a menos que fuera el predominio de los ideales.”
“El mundo seguía adelante, dejando huella de sus acontecimientos en los libros de la historia.”

Bruenor Battlehammer
“Los orcos son orcos y par lo único que sirven es para fertilizar los campos.”

Wulfgar
“Si no podemos cambiar el curso de las cosas, entonces lo mejor es disfrutar del viaje.”

viernes, 9 de octubre de 2009

La Torre de Fareth

La Torre de Fareth

La tarde desfallecía lentamente, mientras la noche absorbía su calor y se expandía, expulsando la luz más allá del horizonte. El viento soplaba fuerte sobre las copas agitadas de los árboles en las colinas de Coto; solo algunas lechuzas hambrientas se atrevían a salir de caza en una noche como aquella. La luna, suspendida entre las ramas temblorosas, brillaba con su pálida luz mortecina: más hermosa que nunca, pero también una señal de muerte. Junto a ella se recortaba una silueta oscura, coronada por un destello en su cúspide: la torre del hechicero Fareth, capataz de la muerte.

La llamaban El Pilar de Piedra, y con justicia. Se alzaba más de ochocientos metros hacia el cielo, sin puertas visibles, sin ventanas que un humano pudiera reconocer. Su superficie era tan lisa que carecía de juntas o argamasa. Una mole de roca sólida, como si hubiese brotado de las entrañas de la tierra y luego sido tallada por manos sobrenaturales. Decían, sin embargo, que otros seres, oscuros e incorpóreos, podían atravesar sus muros como quien cruza un velo de humo.

Sabíamos que era una misión suicida, pero no podíamos abandonar a nuestro camarada, a nuestro hermano. Quizás Lorn fuese impulsivo, un sujeto dado a los vicios y a las mujeres, pero nos habíamos acostumbrado a él, y cada vez que se metía en problemas era nuestro deber sacarlo del barro. Esta vez, sin embargo, había ido demasiado lejos. No se trataba de una trifulca de taberna, una afrenta a un mercader o un pleito de faldas común. Esta vez había ofendido al hombre equivocado: había llamado tramposo al Amo de la Muerte.

Vircan, el menos entusiasmado con nuestra excursión hacia la perdición, analizó lo que parecía ser la fachada con una de sus piedras mágicas. La entrada debía estar oculta tras una ilusión. Si era así, la gema estallaría y la abertura quedaría revelada. Expulsado de la Academia de Canri, Vircan nunca dejó de perfeccionar sus artes, ganándose el respeto del pueblo aunque los grandes círculos de magos lo despreciaran. La piedra turquesa empezó a tornarse carmesí y explotó en mil fragmentos. La torre gimió desde sus entrañas; una línea fina apareció en la superficie lisa, recorriéndola hasta ensancharse en un doble portón.

Empujé la puerta. Al principio puse toda mi fuerza, pero las gigantescas hojas de piedra no ofrecieron resistencia. El interior era como las fauces de una bestia que aguardaba en silencio. Dentro no había nada, un vacío absoluto. Gunter fue el primero en entrar, yo lo seguí y Vircan cerró la marcha. Nadie se sorprendió cuando la puerta tras nosotros desapareció.

—Después de todo, no será un rescate —sugirió Gunter—, será una venganza.

- "Nadie le contestó".

Vircan sacó otra gema de su túnica, blanca como la leche, y pronunció una serie de palabras ininteligibles. Esta vez no ocurrió nada: la piedra no emitió ni un destello. Las paredes de la torre parecían anular toda magia. Avanzamos a tientas en la oscuridad, apoyándonos en la roca fría. Tras lo que se sintió como cientos de metros, sin advertencia alguna, la luz brotó. No provenía de antorchas ni de fuego mágico: simplemente estaba allí, suspendida en el aire. Nunca supe de dónde emanaba.

Gunter adoptó su postura de combate con el hacha de doble filo lista para la acción. Vircan tomó dos gemas más de sus bolsillos, murmurando en busca de un contraencanto que funcionara. Yo saqué el juego de dagas de mi cinturón y las aferré con todas mis fuerzas: su contacto me mantenía atado a la realidad.

- "Entonces lo vimos".

Delante de nosotros había aparecido Fareth. No se parecía en nada al gran Amo de la Muerte que describían las historias, sino a un anciano encorvado, con el aspecto de un campesino a punto de rendirse a la tumba. Su fragilidad no me engañó. Ya había visto demasiadas veces la maldad brotar de cuerpos inocentes y débiles.

—Sean bienvenidos a mi torre, guerreros. Han venido por su amigo, ¿verdad? —dijo sonriendo. Esa sonrisa me inquietó más que mil amenazas.

—¿Dónde está Lorn? ¿Qué ha hecho con él? —interrogó Vircan, preparado para lanzar un contra hechizo.

—Oh, sí. Su amigo descansa. El viaje lo agotó. Pronto podrán verlo. Si fueran tan amables de seguirme…

Sin decir nada más, el anciano se dio la vuelta y emprendió la marcha. Nos miramos, estupefactos ante la falta de hostilidad. Sabíamos que era una trampa, alguna jugarreta, pero no teníamos alternativa. Subimos tras él por una escalera de caracol que parecía interminable. Conté más de mil quinientos escalones. El aire se espesaba, mis piernas ardían y apenas podía respirar. Finalmente llegamos ante una puerta doble de madera maciza.

—¿Están listos? —preguntó Fareth.

—¿Listos para qué? —alcancé a decir, sin respuesta alguna.

Imaginaba una invitación, un fuego, una conversación, quizás un té de hierbas… o una lucha a muerte. Pero el mago se desvaneció, dejándonos solos frente al umbral.

Nos miramos otra vez, buscando respuestas en los ojos del otro. Vircan quiso retroceder. Gunter, terco como siempre, exigió abrirla y enfrentar lo que nos aguardara. Yo dudaba, dividido entre la sensatez y la locura. Pero recordé a Lorn. No podíamos volver con las manos vacías. Si la muerte nos esperaba al otro lado, no había escapatoria. Y, muy en lo profundo de mi ser, aún quedaba un resquicio de esperanza: la de encontrar a Lorn, regresar con vida y continuar nuestras aventuras.

Empujamos. Una luz cegadora me arrancó la vista. Escuché el grito de batalla de Gunter y los cánticos de Vircan, y luego… nada. El vacío.

Cuando desperté, unas manos suaves acariciaban mi rostro. Abrí los ojos y allí estabas tú.

Pretendía rescatar a Lorn junto a mis amigos, y ahora debo buscarlos en esta extraña y lejana tierra. Es una lástima que no me entiendas.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Frente a la muerte y la locura.


Diez fugaces años han transcurrido desde que inicié mi viaje, una peregrinación en busca de la verdad. Nunca había estado tan cerca de alcanzarla como ahora; creo haber encontrado la ruta correcta. Pero no puedo avanzar más: el miedo me invade, se apodera de mis acciones y me hace retroceder. Muchos de los amigos que encontré en mi camino, aquellos con quienes compartía un mismo propósito, han sufrido desgracias inmensas. Algunos yerran sin sentido, mientras otros han cesado de caminar, sumidos en el profundo olvido.

La verdad está custodiada por dos guardianes: la muerte y la locura. Me aterra continuar, pero al mirar atrás no hay sendero por el cual regresar. He llegado demasiado lejos, y debo seguir. No sé qué me aterra más: enfrentar prematuramente la fría guadaña de la muerte, o recorrer el resto de mi camino bajo los engaños de la excéntrica locura.

Aun me queda un largo tramo por andar, y quizá estas sean mis últimas palabras. Una advertencia para quienes decidan seguir este camino.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Se acabo el tiempo.


La sangre que fluía a borbotones por su boca, emitió sus últimos ahogados gemidos. Era bella, realmente una mujer hermosa. Es una lastima que se le acabase el tiempo.